sábado, 30 de mayo de 2020

Leyendo en el balcón un libro sobre los libros, esa novela coral inacabada

En estos meses nos han envuelto muchas brumas del color de la incertidumbre. Pero algunos rayos de luz se han abierto camino, como la transformación de balcones y ventanas en nuevos ágoras desde los que volcar el aplauso colectivo al personal sanitario, y, por extensión, a quienes nos curan, nos cuidan limpian, suministran, acogen, acompañan..., que son, en definitiva, quienes nos sostienen, muchas veces mujeres en sectores laborales en los que la feminización que presentan se traduce en precariedad, fruto de la conjunción planetaria de capitalismo neoliberal y patriarcado.

Recuerdo, por primera vez, haber participado en un 1º de Mayo virtual, por otro modelo económico y social posible y necesario, y en reconocimiento a las personas trabajadoras que, exponiéndose con generosidad, entrega y profesionalidad, estaban afrontando la respuesta a la COVID-19 desde la primera línea. Y recuerdo también que me sentí muy acompañada!

También he visto florecer comunidad y naturaleza desde balcones y ventanas. Y, en concreto, he visto asilvestrarse mi pequeñísimo balcón como un mini jardín ecofeminista, pleno de vida, sonoro y habitado por tantos seres pequeños en tránsito, en su mayoría alados, un paréntesis de encierro en el que  poder apoyarme un ratito y establecer ese diálogo interno que es la lectura.

Qué mejor manera de empezar que adentrándome en un libro que resume la historia del libro en el mundo antiguo, con un título tan seductor como El infinito en un junco (Irene Vallejo, Siruela).

La lectura supone también, a su manera, adentrarse en una espesa niebla. sortear bifurcaciones de senderos, caminar adelante y atrás, descubrir nuevos paisajes, miradas diferentes, cuando quizá tu vista se pose en el minúsculo detalle o el panorama que abarca tu mirada sea distinto de la ruta que pretende cada autora o autor....

Lo que más me ha maravillado es quizá minoritario dentro del bagaje que aportan autora y libro. La agitada respiración que se desprende del impulso irrefrenable de escribir. Me apropio de una cita, que la autora refiere, de Marguerite Duras: escribir es intentar descubrir lo que escribiríamos si escribiésemos...

Y el recorrido cultural sobre los libros, la lectura, el canon... plagado de intertextualidades (cine, libros actuales, poetas, escenarios culturales, las grandes bibliotecas...) que hacen amena su lectura y amplían horizonte, sin duda, aunque... con cierto sesgo androcéntrico no cuestionado. Sin menoscabo de homenajes ("La historia de la literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer. Mil quinientos años antes que Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos...").

Este libro nos recuerda el poder del libro como depositario de cultura, de experiencias, de lenguas, de cosmovisiones... y como depositario del poder. Los libros como "extensiones de la memoria, los únicos testigos -imperfectos, ambiguos, pero insustituibles- de los tiempos y los lugares adonde no llega el recuerdo vivo".

La propia autora define la tarea emprendida: "Esta es la historia de una novela coral aún por escribir. el relato de una fabulosa aventura colectiva, la pasión callada de tantos seres humanos unidos por una misteriosa lealtad...". La pasión de contar, de escribir, de leer, de conservar, cuidar, preservar los libros, de explicar, criticar, entender, profundizar, cuestionar lo que contienen... "Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia. Los olvidados, las anónimas.Personas que lucharon por nosotros, por los rostros nebulosos del futuro". Para grabar en un pequeño material el infinito que mostraron, soñaron, imaginaron. Aunque luego la vara de medir socialmente su valor cultural (el canon, el junco), potestad de las élites, les devolviera a la oscuridad, a la sombra, al olvido.

Lectoras, lectores. Y sus circunstancias. Antes leía, sobre todo, en el tren. Antes, me refiero, claro está, a hace apenas tres meses, a antes de la COVID-19. Algunas veces incluso compartía breves comentarios o liberaba frases de los libros que iba leyendo en ese supuesto diálogo impredecible que es el territorio twitter, con una etiqueta explícita (#LeyendoEnElTren), para que emprendiesen un vuelo libre de fronteras y disciplinas.

El viaje en tren permite un paréntesis de tiempo propio. Recuerdo haber hecho un breve balance unos días antes de fin de año el pasado diciembre: Acabando el año, 2 horas de trayecto cada día, casi 500 horas en el tren. Viendo pasar paisajes, estaciones, gentes, nubes, pájaros. Viéndolos cambiar en cada ciclo estacional. Mirando, pensando, dialogando, tuiteando, combatiendo, durmiendo, tal vez soñando. Y leyendo". Y recuerdo haber concentrado en una sola imagen las cientos de horas dedicadas al diálogo infinitivo, al viaje inacabado a otros mundos, otras voces, otras miradas, el viaje del que nunca se regresa inalterada porque el conocimiento es irreversible y nos cambia, nos moldea, modifica nuestra subjetividad, amplía el horizonte de lo vivible, de lo nombrable.

Las lecturas del 2019 me han dejado una huella inquebrantable y han contribuido, de forma decisiva, a este proyecto inacabado de querer ser mejor persona. 

Fue, desde luego, el año de Claves ecofeministas de Alicia Puleo (Plaza y Valdés), que me acompañó durante largo tiempo y al que vuelvo, junto con el fundamental Ecofeminismo para otro mundo posible, cada cierto tiempo. Porque los libros tienen muchas lecturas, no se agotan en un solo trayecto. Si leo con espíritu crítico preguntaré, dudaré, inquiriré. Leer es una forma creativa de escuchar, escribe sobre la lectura Siri Hustvedt (Vivir, pensar, mirar, 2012). 

Y la lectura de Claves feministas (para rebeldes que aman la tierra y a los animales) me ha aportado claves fundamentales, desde la belleza ética de la rebeldía,  para la indagación individual y colectiva: "La crítica al prejuicio y los principios de igualdad y libertad están en el corazón mismo de la Ilustración; el ecofeminismo ilustrado actualiza este legado y amplía sus horizontes". Olvidar esta herencia nos debilita frente a la dominación y la explotación. "El modelo de desarrollo vigente, basado en una razón meramente instrumental, de corto alcance, acarrea la destrucción del ecosistema global". "Hoy, la justicia social implica también ecojusticia". "La educación ambiental predominante sigue sin facilitar una conciencia crítica de los roles de género y sin visibilizar a las mujeres como víctimas de la crisis ecológica y como protagonistas del cambio hacia una cultura de la sostenibilidad", y dejo de citar frases porque, como ocurre con el arte, en este caso todo el libro es de obligada lectura, disfrute y reflexión, y su completo abordaje aumenta la invitación al entendimiento de las bases del pensamiento y la praxis del ecofeminismo crítico desde cada uno de sus pilares.

Muchas obras impactantes. Empujando al patriarcado, de Cynthia Enloe (Feminismos, Cátedra), un ensayo sobre tácticas patriarcales para modernizarse y mantener su hegemonía y sobre las resistencias feministas para desenmascararlo, con estrategias de lucha: "Cualquier concepto feminista debería dejar transparente lo que son las operaciones más atractivas del patriarcado actualizado. Y el patriarcado hecho transparente es un patriarcado hecho vulnerable", dice. Y continúa: "Prestar atención feminista, hacer preguntas feministas, realizar investigaciones feministas, crear conceptos que revelen la condición de género, crear alianzas amplias... actuar con esmero: el patriarcado no tiene la menor oportunidad". 

Crear alianzas feministas amplias

Fue también el año de Ecoanimal de Marta Tafalla (Plaza y Valdés). Ensayo de lectura sobre la relación con la Naturaleza con conocimiento, ética y, sobre todo, una estética profunda y crítica que orienta a apreciar, pensar, sentir y actuar rompiendo la burbuja antropocéntrica. Es una invitación inagotable a la reflexión filosófica sobre los sentidos, y Marta Tafalla formula una estética plurisensorial de la naturaleza en la apreciación de entornos naturales, animales. La filosofía, dice, aporta sobre todo ética y política, pero necesitamos desarrollar una estética: Cuando hoy pretendemos apreciar la belleza natural tropezamos al instante con el calentamiento global, el exterminio de especies, la explotación de animales, la destrucción de ecosistemas y la contaminación, que configuran el problema más grave de la humanidad. Otro de los libros del 2019 que va más allá de su tiempo.

Y fue el año del descubrimiento de la narrativa de Olga Tokarczuk, con su maravillosa Sobre los huesos de los muertos, ficción con amplitud de naturaleza, entorno rural, multiplicidad y defensa animal, mujeres sabias e indómitas, denuncia sobre la destrucción global desde lo pequeño y lo local
Pero, ciertamente, esta autora y su creación merecen más tiempo y espacio, un intento más profundo de inmersión en los múltiples senderos de lectura que ofrece.

La preocupación social no quedó desatendida en la lectura. Es una dimensión siempre presente. Pero eso, también, queda para otra ocasión.

Antes leía, sobre todo, en el tren. Ahora, en este periodo de excepcionalidad en el que se redescubren los balcones y ventanas como espacios de tránsito de la naturaleza y la vida, incluida la cultura, me empiezo a asentar, leyendo en el balcón (#LeyendoEnElBalcón)


lunes, 29 de julio de 2019

Leyendo sobre metamorfosis literarias: la de Kafka y la otra, la de Darrieussecq


Leer es emprender un viaje hacia otras voces, otros mundos, otras realidades. Propongo un viaje comparativo por “la” metamorfosis por antonomasia (Kafka) y “otra” metamorfosis, como la que ofrece Truismes, de Marie Darrieussecq (1996), según una lectura en clave ecofeminista.

Parece que “la” metamorfosis literaria por excelencia es la obra de Franz Kafka (1915) del mismo título. Pero hay “otras” metamorfosis, que, por cierto, además de una terminología que abarca campos semánticos de diversas disciplinas (desde mitología a biología, entre otras) es un subgénero literario que viene de lejos y que refiere la transmutación física de seres humanos a seres animales, aunque, a menudo, manteniendo la conciencia.

En la de Kafka encontramos que el personaje que transmuta es el joven viajante de comercio Gregorio Samsa; en la de Darrieussecq es una joven dependienta sin nombre. Diferencia sustantiva: un joven de valía profesional, que basa su éxito en un mundo competitivo que implica amplitud de movilidad geográfica, identificado por su nombre y apellidos (¿recuerdan la “teoría de los nombres propios” como producción de significado e individuación?), y una joven que sale al mundo laboral optando a una oferta de empleo de dependienta, uno de los pocos fácilmente accesibles a las jóvenes en un mundo laboral segregado (una joven que puede ser cualquier joven, remitiendo a las “idénticas” de Celia Amorós).

Para Gregorio Samsa todo empezó en su casa (“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”). La nueva situación le condena a una reclusión doméstica (en un primer momento, encerrado en su habitación, para que nadie de su familia le vea; en un segundo momento, encerrado en casa, para que nadie del mundo extrafamiliar le vea) y pone en peligro su situación laboral, y con ella, su papel de sustentador económico familiar. Los primeros días logra mantener la autoridad mediante su palabra, al comunicarse verbalmente con el exterior. Más tarde, cuando la realidad de su apariencia se impone, es rechazado por su monstruosidad. Las mujeres de la casa (madre, hermana, sirvienta) le cuidan; paulatinamente, la repulsión va extendiéndose también entre ellas. Alguna le llega a dar unos escobazos. Toda la familia entiende que la “nueva situación” de Gregorio les sitúa fuera de la buena sociedad, en la marginalidad, y desean su muerte. Finalmente, Gregorio muere y la familia sale, aliviada, a dar un paseo por la ciudad, saludando de nuevo a paseantes y conocidos. La normalidad se ha restablecido, frente al caos que ha irrumpido en su cotidianeidad mediante lo absurdo, lo diferente, lo imprevisto, lo desconocido. En la novela de Kafka, una vez disuelto el elemento discordante (el cuerpo, la materia, lo animal), vuelve a reinar el orden, la lógica (patriarcal), la civilización.

La metamorfosis, la transformación de Gregorio Samsa en un “insecto mostruoso”, mediante lo que Marta Tafalla denomina una “instrumentalización estética” –apropiarse de su apariencia para transmitir significados ajenos a su ser, como símbolos o metáforas de ideas, temores o comportamientos humanos- plantea distintas reflexiones. Por un lado, por qué una apariencia animal subvierte el orden humano hasta tal punto, si por otro lado conserva capacidades consideradas humanas (lenguaje verbal, inteligencia conceptual, etc.). Por otro, por qué genera (así se nos describe) tanto rechazo entre su propia familia. ¿Por un cuerpo, una apariencia, tildada de “monstruosa”? Pero un insecto es como es. La etiqueta de “monstruosidad” la crea una determinada mirada humana (antropocéntrica)… También lo expone Marta Tafalla en Ecoanimal: culpamos a los animales de su fealdad para instrumentalizarlos, para dominarlos.

Viene de lejos la devaluación vía “naturalización” de mujeres y animales para legitimar dominio, explotación y la violencia, ya lo advirtió Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Se u muestra con dos caras, como ha analizado Alicia H. Puleo: se feminiza la Naturaleza (también la animal) y se animaliza a las mujeres (como eternas hembras constreñidas por la pulsión sexual y condenadas a la reproducción). Mª Teresa Alario señala “el saldo de la asociación mujer-animal en las representaciones culturales ha sido tradicionalmente negativo para ellas: ponía en evidencia el carácter «casi» infrahumano del género femenino".

La novela de Darrieussecq sintetiza muchas rupturas. En tono paródico, plantea una sátira política, feminista y social, incluye elementos de la literatura distópica y fusiona distintas intertextualidades en un ejercicio de interdiscursividad que versiona textos literarios, cinematográficos, y de otro tipo. También es una novela de autodescubrimiento (bildungsroman). En su relato retrospectivo, la joven de Darrieussecq cuenta que todo empezó al salir a buscar empleo. Es el relato de una joven ingenua que responde emocionalmente y bajo la influencia del mito del amor romántico a los retos de un ámbito público que desconoce y al que se enfrenta en solitario. Reducida a cuerpo, a carne, a imagen y sustancia corporal, sin voz propia, sin autoridad, sin libertad ni autonomía, avanza por los espacios públicos sometida a acoso sexual, violencia sexual, violencia de género (por sus parejas), explotación laboral y sexual, violencia simbólica, violencia económica, incluso violencia de género que rompe la barrera de lo híbrido (en su relación con el hombre-lobo Yván). Ante cada acto de violencia patriarcal, se irá convirtiéndose, gradualmente, en cerda. Así, la novela no es otra cosa, de nuevo, que una fábula, una forma narrativa que se sirve de los animales para fabricar significados muy humanos. Solo que ésta es una fábula que cuestiona el dominio de mujeres y animales en la sociedad neoliberal y patriarcal.

La novela muestra una transición desde un sujeto pasivo, objeto de una doble dominación, en tanto mujer y en tanto animal, a un sujeto activo, capaz de ver y hablar por sí mismo, adueñándose de su destino (su cuerpo, su sexualidad), proporcionando su visión del mundo (su relato), descubriendo la libertad personal a través de la asunción de su dimensión animal y su inmersión en un entorno natural. Solución narrativa que no altera el orden patriarcal imperante, como señala Lucile Desblache respecto a esta novela, “la naturaleza puede abrir puertas a la libertad individual, pero cierra las del poder social”.

En Truismes el relato se construye sobre una animalización “natural” de la protagonista a través de la magnificación de un mecanismo dual de construcción genérica de lo femenino: la reducción de las mujeres a lo corporal, la materia pasiva, la “carne”, por un lado, y su encarnación de una sexualidad irrefrenable, por otro. La protagonista de Trusimes refiere su proceso de animalización al interaccionar con personajes icónicos en el ensamblaje del dominio patriarcal, que la cosifican y explotan material, simbólica y sexualmente. Le despojan de su individualidad, de su capacidad como sujeto, determinando su lugar en el mundo en tanto cuerpo, sin autonomía, sin libertad, sin control sobre su tiempo, su trabajo, su deseo, su imagen, su sexualidad o su reproducción, quedando bajo el dominio de los hombres. Son muchos puntos concomitantes del devenir de esta protagonista con la conceptualización sobre los animales (no humanos) y su situación de dominación y explotación en las sociedades actuales. Que, además, la protagonista percibe, muestra en su relato, con empatía por su sufrimiento, por su destino de dominación y explotación, al servicio de un grupo humano determinado (un neofascismo fundamentalista que asoma en la sátira distópica y que hoy reconocemos claramente).

Estas son algunas de las reflexiones que surgieron cuando preparaba una Comunicación al I Congreso Ética animal y género: nuevas propuestas ético-políticas y educativas, que coordinó Angélica Velasco Sesma y se desarrolló en la Universidad de Valladolid los días 9 y 10 de mayo de este año. Comunicación que finalmente presenté con el título: “Una lectura ecofeminista de Truismes (Marie Darrieussecq): Analizando en el discurso ficcional algunas claves de dominio y explotación patriarcal sobre mujeres y animales”.  Mi propuesta partía de la constatación de que la literatura establece una relación dinámica y dialógica con la ideología –es ella misma una forma ideológica- y las estructuras de dominación. A través de una lectura ecofeminista de la novela Truismes (“Marranadas”), de Marie  Darrieussecq, proponía la posibilidad de deconstruir algunos constituyentes con los que se elabora culturalmente la subordinación y explotación de “los otros”, específicamente las mujeres y los animales no humanos, desde una lógica de dominio patriarcal adaptada a contextos neoliberales. 

Apuntaba a desvelar (detectar, visibilizar, por tanto, politizar) algunos de esos aspectos citados, a partir de una lectura crítica basada en postulados del ecofeminismo de base ilustrada formulado por Alicia H. Puleo en Ecofeminismo para otro mundo posible (Cátedra, Feminismos, 2011) y más recientemente, en Claves ecofeministas (Plaza y Valdés editores, 2018) aplicados al campo del análisis literario, completados con otras miradas desde la perspectiva feminista (Teresa Alario, Carmen G. Colmenares), la ecocrítica (Teo Sanz), o la ética animalista (Lucile Desblache, Marta Tafalla, Isabel Balza, Angélica Velasco). Una parte del análisis proviene del epígrafe “Marranadas (Marie Darrieussecq): las mujeres, animales sexuales”, del libro Género y Naturaleza en las narrativas contemporáneas francesa y española (Ediciones Universidad de Valladolid, 2018). 



sábado, 26 de enero de 2019

Feliz cumpleaños, Virginia Woolf


De cada lectura de Una habitación propia extraigo nuevos hallazgos. La obra que Virginia Woolf escribió en 1929 tomando como base unas conferencias que los colegios femeninos de las universidades de Cambridge, Girton y Newnham le solicitaron acerca del tema “Las mujeres y la novela”, y en la que se preguntaba por qué se encontraban tan pocas escritoras en la historia de la literatura inglesa, ya adelantaba algunas consideraciones acerca de la relación entre literatura y las condiciones de vida de las mujeres que hoy podríamos hacer extensivas a cualquier otro oficio de las mujeres, principalmente de orden creativo y cultural.
Esta obra nos sigue aportando ideas y reflexiones muy actuales sobre las desiguales condiciones de orden material económico y social entre mujeres y hombres en cuanto a acceso a recursos como la educación, la autonomía económica y el uso del tiempo, que obstaculizan el oficio de escritora, pero que podemos ampliar a las carreras profesionales de las mujeres. "La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido pobres, no sólo durante doscientos años sino desde el principio de los tiempos", escribió.
Y relata también las barreras de orden simbólico e institucional que va detectando en su revisión de las bibliotecas y la narrativa británica, como la instauración hegemónica de un canon patriarcal, el déficit en el reconocimiento de las escritoras, que atañe a las mujeres en general y a la valoración social de sus capacidades y sus trabajos.

Y refiere también las diferentes estrategias de escritura, de mirar y contar el mundo, entre mujeres y hombres. Con gran acierto apuntó una estrategia que desde el androcentrismo cultural se ha naturalizado: la función especular con que se apuntalaban a los personajes femeninos en las obras literarias masculinas, canónicas. Mujeres ficticias cuyo devenir literario quedaba en general reducido a engrandecer a los personajes masculinos, algo que vemos repetido todavía hoy con demasiada también en otras creaciones culturales, desde los dibujos animados al cine. En ellas, las mujeres aparecen en las tramas como meras espectadoras de las hazañas de los héroes o como su recompensa. Virginia Woolf lo expresó de manera genial: “durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”.
Virginia constató, por ejemplo, la pobreza e inseguridad que afectaba de manera principal a las mujeres respecto a los hombres, junto a la pervivencia de la misoginia cultural, el control de su libertad y su sexualidad a través de la castidad y los impedimentos presentes en la vida cotidiana para que las mujeres pudiesen ganarse la vida de manera autónoma mediante ocupaciones cualificadas. Todo ello enmarcado en un patriarcado social y político.
El pasado viernes, 25 de enero, hizo 127 años del nacimiento de Virginia Woolf. Un motivo para volver a leer alguno de sus libros, que nos siguen inspirando.
Nos inspiran su vida, sus obras, sus personajes, sus reflexiones. Es una figura imprescindible en la genealogía feminista y le debemos mucho.
Sus reflexiones rebosan cualquier intento de sintetizar. Su posición antimilitarista, antipatriarcal, a favor de la autonomía y los derechos de las mujeres son la mejor muestra de que sigue siendo muy necesario leerla.
Supo visibilizar los obstáculos de las mujeres a través de una hermana imaginaria de Shakespeare, pongamos (decía) que se llama Judith, y supo presagiar la forma de que Las nuevas Judith cumplan sus sueños: “Yo sostengo que (la igualdad) vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aún en la pobreza y la oscuridad, merece la pena".

viernes, 4 de enero de 2019

¡Por un 2019 lleno de apasionantes lecturas!

Imagen de la Red Ecofeminista
En estos días me ha llegado por las redes un mensaje de la Red Ecofeminista: “¡La Red Ecofeminista os desea un feliz 2019 lleno de apasionantes lecturas feministas, ecologistas, animalistas y de medicina ambiental!”, con una imagen sugerente que compila algunos libros clásicos y fundacionales del pensamiento feminista y ecofeminista, con obras más recientes que ramifican y desarrollan estos pensamientos desde múltiples vertientes interdisciplinares, combinando investigación, pensamiento, activismo y prácticas feministas, ecofeministas, animalistas y de medicina ambiental.

Con alegría (no sé si con merecimiento, pero con indudable alegría), encuentro mi libro incluido en esta selección. Y, fundamentalmente, me alegro de que no prolifere la memoria McDonald propia de una era mediática de rápido consumo y veloz amnesia, y porque seamos capaces, individual y colectivamente, de recomendar y releer algunas lecturas claves, porque el pensamiento y la acción feminista, y ecofeminista de raíz ilustrada, no caducan.

Es cierto que en una selección siempre se encuentran obras a faltar, pero desde luego esta selección contiene muchos aciertos. Me parece un acierto el mapa temático que dibujan las obras seleccionadas, que calificaría de un mapa de emergencia para afrontar la crisis y el acechante colapso civilizatorio que nos envuelve y amenaza, lo miremos desde el lado de los derechos de las mujeres, de su salud, su autonomía y su seguridad, de una naturaleza reducida simbólica y materialmente a recursos desechables, de la mera supervivencia del planeta y sus habitantes, de la consideración moral y por tanto derechos de los otros seres sintientes… es decir, desde la justicia social, la justicia de género, la ecojusticia, la geojusticia…

Para ello, al menos a mí me resultan claves algunas obras del feminismo (Kate Millet) y del feminismo español de raíz ilustrada como las que se recogen en esta pequeña selección (Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Ana de Miguel), me resulta clave la obra fundacional del ecofeminismo crítico de Alicia Puleo, las animalistas de Angélica Velasco y Marta Tafalla (aunque la de Marta Tafalla aún no la he leído es una de mis prioridades para 2019, puedo adelantar su carácter clave, conociendo anteriores publicaciones), y los desarrollos temáticos desde la ecocrítica, por ejemplo, o desde los movimientos de mujeres indígenas defendiendo la tierra (Aimé Tapia) y de los estudios de medicina ambiental de Carme Valls-LLobet. Y sin olvidar los documentados libros, con aportaciones fundamentales en sus temáticas abordadas, de Asunción Bernárdez, Juan Ignacio Codina, Beatriz Gimeno,  Kika Fumero y Marta Fernández Herraiz, Mar Verdejo y Marta de la Rocha, entre otras.

Muchas de estas lecturas recomendadas aún no las he leído, pero esta sugerente selección me invita a hacerlo, y ¡queda mucho 2019 por delante para leer en el tren!

Títulos de la imagen de la Red Ecofeminista:
Feminismo en un mundo global. Amelia Valcárcel.
Medio ambiente y salud. Mujeres y hombres en un mundo de nuevos riesgos. Carme Valls-Llobet.
Ecofeminismo para otro mundo posible. Alicia Puleo.
La ética animal. ¿Una cuestión feminista? Angélica Velasco Sesma.
La lactancia materna. Política e identidad. Beatriz Gimeno.
Pan y Toros. Breve Historia del pensamiento antitaurino español. Juan Ignacio Codina
Género y naturaleza en las narrativas contemporáneas francesa y española. Eva Antón Fernández.
Ecoanimal. Una estética plurisensorial, ecologista y animalista. Marta Tafalla.
Mujeres indígenas en defensa de la tierra. Aimé Tapia González.
We animals. Jo-Anne McArthur.
Historia Ilustrada de la teoría feminista. Marta de la Rocha.
Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad. Celia Amorós.
Soft Power: Heroínas y muñecas en la cultura mediática. Asunción Bernárdez Rodal.
Lesbianas, así somos. Kika Fumero & Marta Fdez. Herraiz.
Política sexual. Kate Millet.
Fondo de Mar. Mar Verdejo.
Antología del pensamiento feminista español. Roberta Johnson & Maite Zubiaurre.
Zoópolis, una revolución animalista. Sue Donaldson & Will Kymlicka.
Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Ana de Miguel.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Reivindicando a Jane Austen, escritora feminista


Tal día como hoy, hace 243 años, nació la escritora británica Jane Austen (Steventon, 16 de diciembre de 1775-Winchester, 18 de julio de 1817). Las efemérides suelen servirnos para traer a la memoria pública a quienes por vida y/o obra han sorteado la finitud anónima de las lágrimas bajo la lluvia. Jane Austen es una de mis autoras preferidas, y su aniversario me parece buena ocasión para reivindicarla como autora feminista.

Del alcance universal de su obra podría deducirse que nada inhabitual se interpuso en su labor creadora. Pero Jane Austen encontró restricciones “propias de su sexo”, es decir, producto de lo que la sociedad de su tiempo determinaba como “propio de mujeres”. Conocemos que tuvo acceso a una educación más sólida que la destinada a las mujeres en la época, por la dedicación docente de su padre y la vocación artística de su madre, y sabemos de las dificultades que tuvo en materia económica, como no el poder heredar ni tener propiedades ni ganarse la vida autónomamente. Ella lo intentó con la literatura, sorteando la presión social, como lo demuestra el carácter anónimo de sus primeras publicaciones y el hecho conocido de que cuando el chirriante gozne de la puerta le avisaba de las visitas escondía el manuscrito y sacaba la labor de punto. Porque el mandato de género no alentaba a las mujeres para que expresaran su visión del mundo, como recordaba en 1929 Virginia Woolf. Las mujeres estaban entonces bajo la tutela de padres, esposos o hermanos y apenas podían decidir sobre su destino y sus vidas. Y Jane Austen lo reflejó y lo cuestionó en sus novelas.


Jane no se conformó, abogó desde sus obras por la autonomía de las mujeres, en el estrecho margen en que podía hacerlo desde su posición. Defendió derechos básicos, como el derecho a la educación, el derecho a expresar y defender sus opiniones, a ser tratadas como seres que no eran sólo portadoras de tiernos sentimientos, sino también de inteligencia. Y, especialmente, el derecho a decidir sobre sí mismas. Aunque no consta un conocimiento directo, la defensa de tales derechos en sus obras y el uso de argumentaciones similares la vinculan al despertar del movimiento feminista ilustrado de Mary Wollstonecraft y su obra Vindicación de los derechos de la mujer (1792).

Compara Virginia Woolf en Una habitación propia (1929) el genio creativo de Shakespeare y Austen sosteniendo que sus mentes habían quemado todas las barreras, pero refiere obstáculos diferenciales, barreras de género, para Jane: “Si Jane Austen sufrió en algún modo por culpa de las circunstancias, fue de la estrechez de la vida que le impusieron. Una mujer no podía ir entonces sola por las calles. Nunca viajó; nunca cruzó Londres en ómnibus ni almorzó sola en una tienda...”. En tiempos de Jane Austen, y hasta épocas cercanas, las mujeres no han dispuesto de recursos económicos ni de la autoridad o libertad necesarias para ejercer de escritoras, debido a factores vinculados al género: por el rol doméstico-familiar, por la falta de control sobre su fertilidad, por el acceso negado o dificultado a la educación, al ejercicio profesional, a las instituciones. Por la falta de credibilidad, por un canon literario patriarcal que tiende a reproducirse desde las élites masculinas herméticamente cerradas a la creatividad, el talento y la palabra de las mujeres.

Volvamos a sus novelas. Muchas de sus protagonistas femeninas (Lizzy Bennet, Anne Elliot, Elinor Dashwood...) se caracterizan por una educación inusual que les dota de las facultades de observación, reflexión y crítica, y de capacidad de interlocución en defensa de sus opiniones. Y comienzan las quejas, la conciencia de que ser mujeres les condena auna vida subordinada, encerrada en el ámbito doméstico, sin oportuidades ni autonomía. Anne Elliot observa en Persuasión: “Carecemos de vida propia. Vivimos recluidas en el hogar...”. Lizzy Bennet critica en Orgullo y Prejuicio la educación ornamental que la buena sociedad establecía para las damas.

Además de esa educación segregada y diferencial, Jane Austen constata cómo les perjudican los prejuicios y la misoginia cultural que se transmite en los libros (escritos por los hombres), como cuatrocientos años antes denunciara otra precursora, Christine de Pizán, en La ciudad de las damas (1404). Pero los personajes de Austen no se conforman ni se callan. En Persuasión, el capitán Herville le dice a Anne Elliot: “no recuerdo haber abierto en mi vida un solo libro en el que no se aluda, de una manera u otra, a la inconsistencia de las mujeres. Todas las canciones y todos los proverbios giran en torno a las flaquezas femeninas. Claro que usted me dirá que todo eso ha sido descrito por hombres...”. Y Anne Elliot le responde: “Los hombres siempre han disfrutado de una ventaja, y ésta es la de ser narradores de su propia historia. Han contado con todos los privilegios de la educación y, además, han tenido la pluma en sus manos. No, no admito que presente los libros como prueba”.

Los personajes femeninos, sean Elizabeth Bennet, de Orgullo y Prejuicio, o Elinor y Marianne de Sentido y Sensibilidad, o Anne Elliot, de Persuasión..., deciden sobre sí mismas. Rebasan los imperativos de encierro, silencio, sumisión. Cuestionan la hipocresía social y la doble moral. Y a la vez nos trasladan los valores de la empatía, el apoyo mutuo, la compasión. Sortean dificultades de la vida cotidiana, de la dependencia económica. Vencen las limitaciones del ángel del hogar victoriano afirmando los cuidados, la sostenibilidad doméstica, anticipando posiciones de la llamada economía feminista. Se enfrentan con contundencia a personajes autoritarios, mujeres u hombres, y se afirman como personas con criterio y voz propia. Suponen la introducción en la literatura del inconformismo de las mujeres respecto a su restricción de derechos y oportunidades, junto con la crítica a una cultura y una sociedad patriarcal y clasista que limita su autonomía.


 Abordar la narrativa de Jane Austen con una mirada de género supone plantear varias cuestiones. Como sabemos, por género en las ciencias sociales, y en el conjunto de saberes académicos, se entiende la construcción sociocultural edificada en torno a la diferencia sexual que establece y asigna a los sexos de forma diferenciada y desigual roles, características de la personalidad, actitudes, comportamientos, valores, poder e influencia. En este caso, la mirada de género implica preguntarnos si el hecho de ser mujer le perjudicó en su dedicación a la escritura; indagar si a través de sus novelas y personajes puede vislumbrarse una mirada distinta, que aporte luz a aspectos antes ignorados en la literatura acerca de la situación de las mujeres y explorar las relaciones de poder entre los sexos; revisar si creencias y prejuicios sobre los sexos son cuestionados o confirmados... Por último, analizar si con sus personajes se rebate el conformismo con unos roles preestablecidos que mantenían a las mujeres en inferioridad social, impugnando una transmisión cultural hegemónica legitimadora de esta desigualdad. Cabe concluir que sí, Jane Austen fue una feminista de su época.




miércoles, 5 de diciembre de 2018

Libro vital e imprescindible de medicina ecofeminista

Medio ambiente y salud. de Carme Valls-Llobet.
Madrid, 2018: Ediciones Cátedra
 Ilustración de portada: Verónica Perales Blanco.

Este libro de medicina ambiental y ecofeminista nace con la vocación de concienciar e informar para prevenir y proteger, atendiendo a diferencias de género no consideradas, debido al androcentrismo dominante.

Apenas son conocidos los peligros para la salud que provienen de la degradación medioambiental y de la exposición a sustancias tóxicas. 

Y pocas personas cuentan con información o con medios a su alcance para reducirlos o prevenir las enfermedades que causan.

Desde la ciencia, fruto de su extensa trayectoria profesional, la endrocrinóloga Carme Valls-Llobet atestigua médicamente estas nuevas enfermedades y evidencia los diferentes efectos en mujeres y hombres, a menudo más graves en el caso de las mujeres, ya que por razones biológicas y de género, las mujeres presentan una mayor vulnerabilidad a estos nuevos riesgos.

Revisa la autora los contaminantes usuales (productos orgánicos, pesticidas, disruptores endocrinos, metales pesados), junto a otros, como radiaciones y campos magnéticos, que llegan a través del aire, del agua, de alimentos y cosméticos, de la contaminación presente en los ámbitos doméstico y laboral. Y expone las consecuencias para la salud, a medio y largo plazo.

Nuevas enfermedades como el síndrome de sensibilidad química, la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, están relacionadas con exposiciones tóxicas, así como el incremento de otras (obesidad, diabetes, cánceres ginecológicos…). Y los riesgos aumentan cuando el género intersecciona con otros condicionantes, como la pobreza, la clase social, etc.

Además de la alerta contaminante, aporta orientaciones para prevenir, para detectar problemas y enfermedades, para reducir su impacto en la vida cotidiana, lo que le convierte, como señala en el prólogo la filósofa ecofeminista Alicia H. Puleo, en un libro vital e imprescindible de medicina ambiental ecofeminista.

Medio ambiente y salud. Mujeres y hombres en un mundo de nuevos riesgos, de Carme Valls-Llobet. Madrid, 2018: Ediciones Cátedra y Universitat de Valencia. Colección Feminismos. Prólogo de Alicia H. Puleo. Ilustración de portada de Verónica Perales Blanco.

 (Reseña aparecida en la revista Trabajadora, 64, julio 2018)

sábado, 22 de septiembre de 2018

Otra lectura de "El adversario" (Carrère) es posible y necesaria: pónganse las gafas violetas


En estos días está apareciendo en prensa que podría salir en libertad condicional el asesino Jean-Claude Romand, condenado a cadena perpetua por el asesinato, en enero de 1993, de su esposa Florence, de su hija  y de su hijo, ambos de corta edad, de su padre y su madre, incluso de su perro.
Pero lo más curioso es que lo que verdaderamente estremeció a Francia y motivó a escribir la historia del asesino a Emmanuel Carrère en El adversario, y vuelve a estar de actualidad (Ver “Una literatura sin verdugos”, de Marc Basset, en Babelia 22.09.2018), no fue este tremendo crimen sino la impostura que Romand mantuvo durante casi 18 años: sin haber pasado de segundo curso de Medicina se inventó una dimensión profesional de hombre de éxito que mantuvo sin levantar sospechas día tras días hasta días después del asesinato múltiple.
La máscara que se construye es la de un hombre de origen humilde, compasivo, amante de los animales, investigador y profesor, buen esposo y padre de familia ejemplar… Mantiene una cotidianeidad de hombre entregado al trabajo, a las clases en la universidad, a los viajes a congresos y encuentros médicos por todo el mundo… Pero todo es humo. Además, recurre a pequeñas estafas a familiares para lograr la solvencia económica. Y utiliza varias veces la tapadera de graves enfermedades, cuando alguien hace una pregunta indiscreta.
En un momento en que está en una situación complicada, en lo económico, a punto de ser descubierto por Florence, Romand, de manera planificada, le aplasta el cráneo a ella, dispara a su hijo y a su hija, se dirige a la casa de sus padres, les engaña y les dispara por la espalda, junto al perro familiar, intenta asesinar a su amante, vuelve a la casa y, cuando sabe que el humo alertará a los servicios de basura municipales, incendia la vivienda y realiza su último acto de impostura doméstica, fingiendo un intento de suicidio.
Si nos ponemos las muy recomendables gafas feministas, analizaremos hechos y novela desde otro ángulo: la impostura adoptada como manera de vida a lo largo de veinte años por el asesino Romand  y su tremendo crimen de género es una respuesta violenta ante un fracaso vital que le impedía estar a la altura de las expectativas contenidas en el mandato de género.
Carrère decide escribir sobre  Romand, porque le interesa él, el impostor, no el asesinato múltiple. En su reconstrucción literaria le aporta muchas veces una controvertida cobertura ética, muchas veces con una comprensión comprometida (“Sentía piedad, una simpatía dolorosa al recorrer las huellas de aquel hombre que erraba sin rumbo, año tras año, replegado sobre su absurdo secreto, que no podía revelar a nadie y que nadie debía conocer so pena de muerte…”). Otro ejemplo de la nula empatía con las víctimas de violencia de género.
Parece necesaria una lectura en clave de género, identificar los cimientos de la impostura de Romand como constituyentes de la masculinidad hegemónica tradicional: su horrendo y múltiple crimen es, en realidad, un acto más de la frecuentemente invisibilizada violencia de género. 
Es necesario porque los asesinos de mujeres, de crímenes de género, no pueden ser elevados a la categoría de “gran personaje de la literatura francesa” (así lo cataloga Marc Basset hoy en el citado artículo de Babelia).

Sobre límites e interrogantes: los libros en la obra escultórica de Alicia Martín

  Discernir sobre la utilidad del arte, si es que ha de tener alguna más allá de invitar a su contemplación y, a su través, abrir los sentid...