La muerte de la madre
es, en ocasiones, el detonante para la recuperación del vínculo, para la
reconciliación, para retomar un orden maternal anteriormente subordinado al
orden paterno en la jerarquía afectiva de la hija. Annie Ernaux rememora a su
madre y a su padre, en sendos relatos biográficos/autobiográficos (Una mujer, El lugar) que surgen
como necesidad personal para afrontar el duelo a raíz de sus muertes.
En concreto, el
vínculo madre-hija es primordial en Una
mujer. El relato nace, en pleno duelo de la hija, como una forma de
recuperación de su madre para cultura, para la memoria, para la historia, de la
que carece en su condición de “mujer corriente” (“Para mí, mi madre no tiene
historia. Siempre estuvo aquí”); como una forma de devolverle, en otra
suerte de “maternidad”, esta vez desde la creación cultural, a una vida
intemporal, como un intento de recobrar el vínculo, y también como terapia para
afrontar la pérdida, como un “texto combativo de duelo”.
La creación de la
naturaleza ha dado paso a la creación de la cultura. La unión con la madre ha
sido determinante en vida, y Ernaux no está preparada para disolverla: “Voy
a continuar escribiendo sobre mi madre. Es la única mujer que ha contado
realmente para mí (...) Tal vez sería mejor esperar a que su enfermedad y su
muerte se fundiesen en el transcurso pasado de mi vida (...) Pero en este
momento no soy capaz de hacer otra cosa”).
A lo largo del relato
se va a individualizar el personaje materno, siempre sobre el paisaje social en
que se desenvuelve su vida, atendiendo a los condicionantes de la época
(pobreza, dificultades económicas, condición de trabajadora fabril, decencia,
matrimonio, negocio pulcro, guerra...). La madre es el primer modelo a seguir
por la hija-niña, el apego a la figura materna se hace evidente (“Nada de su
cuerpo se me escapaba. Yo creía que, al crecer, sería ella”), aunque según
la niña va creciendo, va percibiendo a la madre desde otras perspectivas (“Mi
madre tenía dos caras, una para la clientela, otra para nosotros”).
En esta época las une
el gran deseo de su madre de acceder a la cultura, de saber, de aprender: “Educarse,
para ella, era ante todo aprender (decía: “Hay que amueblar la mente”) y nada
le parecía tan bello como el saber. Los libros eran los únicos objetos que
manipulaba con precaución. Se lavaba las manos antes de tocarlos”).
En este tiempo se
comienzan a invertir los papeles y la madre nutricia, la que “se esforzaba
en alimentar a todo el mundo”, se nutre a su vez de los conocimientos que
la hija adquiere en la escuela y que le transmite. El afán de cultura afianza
el vínculo y promociona la figura materna a los ojos de la hija, frente al
padre, campesino y obrero que parece conformista, avergonzado en ocasiones,
respecto a su déficit educativo. Les unen las expectativas, comparten la mejora
que supone el acceso al conocimiento.
Desde el apego que
proporciona la afinidad, pueden compartir vivencias, comunicarse, y para la
niña, la madre es la figura dominante. Con la llegada de la adolescencia, para
crecer psicológicamente, se va despegando de la madre: el modelo se
desquebraja, la madre real no es la madre ideal que transmiten las revistas
femeninas, esa fantástica forma elegante sobre un trasfondo doméstico incólume,
esa versión atemporal del “ángel del hogar” victoriano.
Este desvelamiento
perdurará en los años sucesivos: a la madre real, “demasiado tosca”,
pueblerina y ruda, le falta refinamiento, saber estar, “mundología”.
Pero reconoce su permanente apoyo para que ella pueda tener una educación
superior y mejorar de estatus. A la muerte del padre, llevará en dos ocasiones
a su madre a convivir con ella y su familia. Finalmente, debido a su Alzheimer
avanzado, debe internarla en un asilo. A medida que avanza la regresión de la
madre, la hija va sustituyéndola, cuidándola, alimentándola, quiere mantenerla
con vida.
Una vez muerta, encuentra la manera de devolverle a la vida:
escribiendo sobre ella, convirtiéndola en historia: “Necesitaba que mi
madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, se convirtiese en historia”,
salvándola así, del lugar que el imaginario patriarcal otorga a las madres
corrientes: el olvido.