En La vergüenza, Annie Ernaux rememora el domingo de junio, cuando ella tiene doce años, en que su padre intenta matar a su madre con un hacha. A Annie este hecho se le queda grabado en su biografía emocional como el momento en que comenzó a avergonzarse de su madre y su padre, de sus orígenes, en una suerte de desclasamiento pero sobre todo de imitación y subordinación en valores a los hegemónicos. Cuarenta años después, dentro de su estilo narrativo característico (a partir de la huella autobiográfica, la descripción de una sociedad) la escritora decide explorar en un texto autorreflexivo el contexto social en que se produjo, en busca de algunas claves del impacto personal que la desalojó de la infancia feliz, siendo, como resalta, una “etnóloga de mí misma”.
Ernaux explica el ataque de su padre como una
explosión momentánea de un hombre sumiso que acarrea agravios clasistas, que
reacciona desde su estatus de género con violencia hacia una madre ultrarreligiosa que le abruma con reproches. Son los
años 50 de la posguerra. Ernaux, aunque escribe a finales de los 90, no lo
interpreta o reflexiona explícitamente como violencia de género, apenas deja
entrever la violencia de un padre agobiado por la pérdida de estatus de su rol
masculino ente una madre controladora, Esta ruptura del orden patriarcal no
solo desasosiega al padre, también a la hija, por lo que supone ante el “qué
dirán”.
Da inicio a una vergüenza clasista fruto no sólo
de la percepción social de la posguerra sino del modelado del pensionado. “Era
normal tener vergüenza, como si ésta fuera una consecuencia inevitable del
oficio de mis padres, de sus problemas de dinero, de su pasado de obreros, de
nuestra forma de ser. Para mí, la vergüenza se convirtió en una forma de vida”
(La vergüenza). Pero, aunque apenas sea consciente de ello, emerge en el subtexto una impugnación del orden patriarcal. Rompe el cascarón la Ernaux
feminista, capaz de compendiar en una trayectoria literaria el proceso de
liberación de las mujeres francesas en el siglo XX.
La obra de
Annie Ernaux, Premio Nóbel de Literatura en 2022, se enfoca como una escritura
fotográfica que pretende describir formas y realidades sociales a través de
palabras que presume exentas de emoción. Ernaux ha optado por unas formas
narrativas, escritas en primera persona,
que sitúan su relato autobiográfico en el vértice entre lo social y lo
personal, entre lo que le concierne en tanto elección individual y los
condicionantes de sexo y clase social, entre otros, infiltrando su narrativa de
imágenes, fotografías, películas, noticias periodísticas, personajes populares,
es decir, la influencia de la iglesia, del marco normativo, de la mentalidad
rural francesa, de su familia, de la política, de la institución escolar…
Ella lo recrea
nítidamente en La vergüenza, relato en el que reconoce ser “etnóloga
de ella misma”, mientras reconstruye una tarde de junio, cuando contaba
doce años, en la que su padre intentó matar a su madre: “El único medio
seguro de comprender mi realidad de entonces es buscar las leyes y los ritos,
las creencias y los valores que definían los distintos medios, la escuela, la
familia, la provincia, en las que me hallaba atrapada, y que dirigían, sin que
yo percibiera sus contradicciones, mi vida. Sacar a la luz los diferentes
lenguajes que me constituían, las palabras de la religión, las de mis padres,
unidas a los gestos y las cosas, y a las novelas que leía…”. (La
vergüenza).
La vergüenza (La honte, Annie
Ernaux, 1997). Edición original en Gallimard, 1997. En castellano, en Tusquets, 1999.
Traducción de Mercedes y Berta Corral
