Hamnet, la novela de Maggie O´Farrell (2020, en España Libros del Asteroide, 2021, traducida por Concha Cardeñoso), se presta a muchas lecturas porque conmueve al hacernos partícipes de sentimientos primarios (amor, dolor, duelo…), sugiere hipótesis sobre la creación de Hamlet, muestra efectos psicológicos de la depresión por la muerte de un hijo, expone con ejemplos la expansión de la peste, el funcionamiento de las postas, embrión del sistema de correos, el funcionamiento de talleres o granjas, etc.
Dejando a un lado su éxito en ventas, en críticas o su traslación al cine por Chloé Zhao (2025), propongo una lectura ecofeminista, porque son muchos los aspectos formales, temáticos, simbólicos, incluso sintácticos y pragmáticos, que invitan a esta clave de lectura.
Por ejemplo,
la protagonista, y, en general, el conjunto principal de protagonistas. Aquí,
el famoso, el que logró un lugar puntero en la Historia (nada menos que
Shakespeare, máxima expresión de la cultura, de la literatura canónica) ni
siquiera es nombrado por su nombre, sino por su oficio (el preceptor), por su
origen social (el hijo del guantero) y más tarde por su vínculo (el marido, el
padre…). Es representado en sus debilidades, en sus miedos, en sus afectos, en
el dolor. Focaliza el relato, la mayor parte de la novela, la figura de Agnes
(Anna Hathaway en la vida real), primera esposa de Shakespeare (el jovenzuelo
preceptor de latín de sus hermanastros). Una mujer que enlaza con el mito de la
buena salvaje, huérfana de una madre también anclada en la sabiduría de la
naturaleza que la enseñó a habitar el bosque, que ha sabido preservar su
independencia y su relación con el profuso mundo vegetal, sus habitantes y plantas.
Claro que es
una novela con personajes de psicología y modos de vida complejos, no se trata
de una obra de cartón piedra. No sólo se les acompaña en su dolor, en sus
miedos, en sus afectos, en sus júbilos o en sus pesares. Son personajes que
mutan a raíz de las circunstancias vitales que han de afrontar, transitan desde
la fortaleza a la vulnerabilidad, en todos sus registros. La recreación
sociológica y realista de la época se reviste de una pátina de sortilegios,
conjuros y presentimientos que permiten adentrarse en los recovecos del
pensamiento de los personajes, principalmente Agnes, pero también el niño,
Hamnet, o el propio innominado Shakespeare, por ejemplo, participando de sus motivaciones,
sus acciones y decisiones.
Con ellas, las
mujeres, se asiste al lado oculto de la historia, de cualquier historia: la
domesticidad, las rutinas, los enseres y trabajos cotidianos, la importancia de
los afectos, los vínculos, el arraigo, los presentimientos…, pero también las
estrategias de supervivencia, sus rencillas (escenas de hostilidad y rivalidad
entre la madrastra o la suegra y Agnes hacen recordar “Las madres contra las mujeres”,
de Camille Lacoste Dujardin), las alianzas frente al infortunio. Cuidar,
alimentar, sanar, enseñar, curar y amortajar son funciones de mujeres. Dan la
vida, sostienen la vida, cogen la mano de quienes mueren en el último aliento,
les lavan y preparan para su vuelta a la tierra.
Los escenarios
principales. Bosques, viviendas, talleres del entorno rural. La sustancial
presencia narrativa del entorno natural, bosques, árboles, plantas, animales, a
los que se acompaña en su devenir cíclico. La vida cotidiana de los pueblos de
la Inglaterra de finales del siglo XVI, sus personajes y la sempiterna división
sexual del trabajo a nivel gremial (el panadero, la mujer del panadero; el
guantero, la mujer del guantero…), las postas, el comercio, etc.
La tensión,
casi vuelta de tuerca, entre el dualismo Naturaleza y Cultura, con sus
paradojas. El cultivado, el preceptor de latín, aquí secundario cuando no
ausente, frente a la cultivadora, la que asegura el ciclo de la vida en su
destino biológico, concordante con tantas otras especies animales. Ellas son
Naturaleza. Mediadoras con la Naturaleza, conocen lo que ésta les ofrece
(plantas curativas, alimentos, compañías, sortilegios…). Ellos representan la
cultura, el poder, el ámbito público. Claramente, Shakespeare, pero también el
médico (que rivaliza con Agnes por el conocimiento de plantas y ungüentos
sanadores de ésta), el elenco de personajes del comercio, el teatro, la marina,
las autoridades o los artesanos.
La trama
enraíza con los cuidados y con las mujeres que los sustentan. Es una novela que
habla del valor de lo doméstico, de la interdependencia. De la fragilidad de la
vida. “La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está
a salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos
beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No
olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un
abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves vilanos”, pensará
amargamente Agnes. También de las redes familiares y los vínculos emocionales,
de los conflictos, de las rencillas, de la violencia familiar. Lo que no asoma,
curiosamente, son los conflictos de género.
El hilo
narrativo es un visor que a veces parece una peonza que gira sobre sí mismo, a
veces una suerte de ondas concéntricas que desde un mismo punto se ensanchan a
oleadas, a veces parece dar saltos temporales como si el paso de la vida
consistiese en subir escalones a paso de hormiga, a veces la vida pasa
planeando sobre las vidas de las gentes como el vuelo de una cernícala (como la
amiga de la protagonista). Un ejemplo de esto último es el capítulo en que se
narra el contagio de la peste, cruzando fronteras, océanos, caminos, personas,
animales, escondiéndose entre vidrios de Muraro, siempre a salto de pulgas,
hasta llegar a la pequeña Judith.
Un apunte
sobre los dos hermanos gemelos, Hamnet y Judith (por cierto, cómo no recordar a
la hermana imaginaria de Shakespeare creada por Virginia Woolf para representar
la desigualdad de roles, la subordinación histórica de las mujeres, su papel
ahistórico e invisible, atrapadas en la maternidad y la domesticidad de eterno
retorno). Él, esperado, nace y crece fuerte, dispuesto, listo, combativo. Ella,
inesperada, es la postrera, la débil, la que parece requerir protección.
Sincronizados,
casi iguales en sus rostros – que no en sus cuerpos-, el vaivén de los
estereotipos que parece jugar con la idea de la complementariedad de los sexos
(son como un espejo, dirá su padre, o como si fueran una sola persona
dividida por la mitad), creencia patriarcal que desmiente desde el
remordimiento la propia Agnes, tan pendiente de que quien necesitaba cuidados
era Judith que descuidó en esos momentos fatales a Hamnet. Claro que ignora la
voluntariedad de Hamnet en ese intercambio letal.
La parte final podría explicar el triunfo de la Cultura frente a la Naturaleza y vuelve a proponer el tópico de la literatura como salvadora. Porque mientras Agnes permanece atrapada en el cerco de un duelo sin remedio, sin traspasar apenas el encierro de casa, solo salvado en el cuidado de su jardín, en apenas cuatro años el padre de Hamnet concibe y estrena una obra dramática que llegará a ser cumbre literaria según el canon occidental, que les salva al reescribir la historia del niño: ahora no es él quien muere, muere el padre, ocupando así simbólicamente su lugar, triunfando sobre el destino, volviéndole inmortal. No importa que cambie el perfil de los personajes, que sean príncipes o que la trama tenga lugar en otro país, a ambos ese embrión metafórico les salva del duelo atroz.
“Esta es una obra de ficción inspirada en la breve vida de un niño que murió en Stratford el verano de 1596”, nos dice al final la autora, deslindando la parte ficcional de la verificada históricamente, “esta novela es el resultado de mis vanas especulaciones”, termina.
Pero bien pudiera haber
sucedido así.

