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viernes, 17 de abril de 2026

Vergüenza clasista (y violencia patriarcal)

En La vergüenza, Annie Ernaux rememora el domingo de junio, cuando ella tiene doce años, en que su padre intenta matar a su madre con un hacha. A Annie este hecho se le queda grabado en su biografía emocional como el momento en que comenzó a avergonzarse de su madre y su padre, de sus orígenes, en una suerte de desclasamiento pero sobre todo de imitación y subordinación en valores a los hegemónicos. Cuarenta años después, dentro de su estilo narrativo característico (a partir de la huella autobiográfica, la descripción de una sociedad) la escritora decide explorar en un texto autorreflexivo el contexto social en que se produjo, en busca de algunas claves del impacto personal que la desalojó de la infancia feliz, siendo, como resalta, una “etnóloga de mí misma”. 

Ernaux explica el ataque de su padre como una explosión momentánea de un hombre sumiso que acarrea agravios clasistas, que reacciona desde su estatus de género con violencia hacia una madre ultrarreligiosa que le abruma con reproches. Son los años 50 de la posguerra. Ernaux, aunque escribe a finales de los 90, no lo interpreta o reflexiona explícitamente como violencia de género, apenas deja entrever la violencia de un padre agobiado por la pérdida de estatus de su rol masculino ente una madre controladora, Esta ruptura del orden patriarcal no solo desasosiega al padre, también a la hija, por lo que supone ante el “qué dirán”.

Da inicio a una vergüenza clasista fruto no sólo de la percepción social de la posguerra sino del modelado del pensionado. “Era normal tener vergüenza, como si ésta fuera una consecuencia inevitable del oficio de mis padres, de sus problemas de dinero, de su pasado de obreros, de nuestra forma de ser. Para mí, la vergüenza se convirtió en una forma de vida” (La vergüenza). Pero, aunque apenas sea consciente de ello, emerge en el subtexto una impugnación del orden patriarcal. Rompe el cascarón la Ernaux feminista, capaz de compendiar en una trayectoria literaria el proceso de liberación de las mujeres francesas en el siglo XX.

La obra de Annie Ernaux, Premio Nóbel de Literatura en 2022, se enfoca como una escritura fotográfica que pretende describir formas y realidades sociales a través de palabras que presume exentas de emoción. Ernaux ha optado por unas formas narrativas, escritas en primera persona,  que sitúan su relato autobiográfico en el vértice entre lo social y lo personal, entre lo que le concierne en tanto elección individual y los condicionantes de sexo y clase social, entre otros, infiltrando su narrativa de imágenes, fotografías, películas, noticias periodísticas, personajes populares, es decir, la influencia de la iglesia, del marco normativo, de la mentalidad rural francesa, de su familia, de la política, de la institución escolar…

Ella lo recrea nítidamente en La vergüenza, relato en el que reconoce ser “etnóloga de ella misma”, mientras reconstruye una tarde de junio, cuando contaba doce años, en la que su padre intentó matar a su madre: “El único medio seguro de comprender mi realidad de entonces es buscar las leyes y los ritos, las creencias y los valores que definían los distintos medios, la escuela, la familia, la provincia, en las que me hallaba atrapada, y que dirigían, sin que yo percibiera sus contradicciones, mi vida. Sacar a la luz los diferentes lenguajes que me constituían, las palabras de la religión, las de mis padres, unidas a los gestos y las cosas, y a las novelas que leía…”. (La vergüenza).

La vergüenza (La honte, Annie Ernaux, 1997). Edición original en Gallimard, 1997. En castellano, en Tusquets, 1999. Traducción de Mercedes y Berta Corral

 

 

sábado, 28 de febrero de 2026

Cuando el padre es el amo, el propietario, el agresor. Es el patriarcado. El incesto, de Christine Angot

 

El padre de Christine Angot, tal como le refiere en El incesto (1999), no está muerto, pero está enfermo de Alzheimer, es decir, no es dueño ya de la memoria, del recuerdo, de sus capacidades intelectuales. No es un hombre corriente, ni permanecerá idealizado en la narración de la hija. 


Es el padre que triunfa, que posee, que sabe. Reúne la autoridad que proporcionan el estatus académico, el atractivo personal y la competencia social. Y utilizará esa autoridad de padre para modelar a su hija conforme a su deseo (en este caso, la hija adolescente, ocultada ante su gente, la periférica a su otra familia, la que ejerce de familia verdadera, convencional, conocida por la vecindad).

Angot rememora el encuentro con el padre, a quien conoce cuando tiene catorce años, cuando la reconoce legalmente (obligado por la “ley de afiliación de 1972”) y le aporta su apellido, marcándola a los ojos de la ley (pero no aún a los de su otra familia) como hija suya. Un padre cuyo atractivo “superaba sus expectativas” de adolescente. Al abuso sexual basado en la autoridad que sufre a manos del “padre ideal”, junto al desafecto, a la humillación, a la postergación familiar, atribuye Christine su amenaza de locura: Pero es así como me volví loca. Estoy segura, por eso me volví loca. Es la causa. En ocho días pasé del padre ideal, y hasta más que ideal, inesperado, como yo ni imaginaba que pudiera existir, y era mi padre... “.

A pesar de su determinación actual de contar “toda la verdad” sobre su relación con él, se le hace muy difícil la confesión sobre el abuso sexual, porque se trata de un sufrimiento perdurable, instalado en su personalidad, que durante mucho tiempo ha callado, reprimido, ocultado: “No se lo dije a nadie. A nadie. Nadie lo sabía.”. Es un sufrimiento añadido al dolor por la conciencia de hacer algo prohibido, no debido; pero también porque es su padre (el ideal, la cultura, la autoridad) quien le inicia y manipula.

La represión y el silencio pueden prefigurar locura, según Christine, por eso ella elige la escritura salvadora. La humillación y los abusos paternos están aún presentes en Christine, pero la escritura permite la relegación final al pasado: ella puede recordar, y escribir, puede nombrar; en cierto modo, tiene finalmente el poder (el lenguaje, la escritura, es poder): Tomar el poder, estar encima. Y ahora lo tengo. Él ha perdido la cabeza, el Alzheimer. Yo he dominado el incesto. El poder, el pene sádico, de todo eso hay gracias a la pluma que tengo en la mano, seguramente, esencialmente”.

¿Un deseo de venganza? Porque la hija y el padre son personas conocidas, famosas, forman parte de la Francia culta, moderna. Se avecina un escándalo, y la intención señalada en el texto por Christine Angot no es hacer un libro de testimonios pero tampoco rehuir la verdad; la desnudez psicológica es la característica esencial de sus libros. Ella que además de escritora es el personaje principal de sus obras responde anticipadamente a esta cuestión que pueden plantearse familiares, público y crítica desde el mismo texto: se trata de reconocerse a sí misma, reconociéndole: “No, ni odio, ni amor, ni indiferencia, es mi padre, ni perdón, ni indiferencia, ni amor, sino reconocimiento, por supuesto. Eso es, sí, reconocimiento. Él no me reconoció pero yo lo reconozco a él. Es mi padre y lo reconozco. Reconozco que es mi padre. Es mi padre incestuoso, lo reconozco. Yo soy su hija incestuosa, lo reconozco, él no me reconoció, pero yo lo reconozco”. 


Christine Angot no pretende conscientemente la condena moral hacia su padre, sino que en este relato esta revelación forma parte crucial del proceso auto-indagatorio que plasma en su escritura: “No pretendo acusarlo. Los monstruos sólo existen en los cuentos. No pretendo ni acusarlo ni excusarlo. No importa más que una cosa, la marca. Y él me marcó.”. Clara manifestación práctica, existencial, del orden simbólico del padre. La omnipotencia, la autoridad del padre, que se manifiesta jerárquicamente, y que se explica por su poder cultural (el padre de Angot, eminente lingüista, es el hombre “culto” por excelencia).

 Es el padre culto, que la enseña cómo ha de mirar el mundo, cómo ha de comportarse lingüística, social, sexualmente: el padre adiestra a la hija en las reglas básicas de cortesía, en hablar bien, pero también en cómo ha de comportarse sexualmente para demostrarle cuánto le quiere.

Es el padre propietario, que la ha marcado como propiedad suya, estableciéndose en el origen del deseo (sexual, pero también del deseo de ser, el referente), hasta reconocerse en él: “Nos parecíamos. Cada uno de nosotros se reconocía en un espejo en el que el reflejo se había formado a distancia. Increíble.

Pero en la hija adulta, en la escritora, el reconocimiento sólo provoca ya rechazo. El amo (el dios, el padre, el propietario) utilizó al esclavo (a ella, a la hija), pero ahora, la hija adolescente es escritora, tiene el poder de nombrar el mundo, de darle un sentido personal, subjetivo.

El esclavo se rebela ante el amo (símil que utiliza en el sentido que le otorgó Lacan, matizará) incluso ahondará utilizando otro símil que comporta un grado más de degradación, a los ojos del mundo, por la degradación sexual de la que fue objeto: el perro (“Yo era un perro, buscaba amo. Y sigo siendo un perro que busca amo.”. Está en plena crisis, de nuevo, escribir es su terapia, contar al mundo cómo se siente y por qué: “Es terrible ser perro”, es la frase final.

 

martes, 10 de agosto de 2021

El nomadismo laboral que relata Jessica Bruder

 

 

 La itinerancia laboral no es un fenómeno nuevo. Sin duda nos vienen a la mente con rapidez algunos conocidos casos, usuales en nuestro entorno: temporeros y temporeras agrícolas, personal laboral discontinuo y estacional en comercio, turismo, incluso algunas industrias como la agroalimentaria, de juguetes o del turrón, por citar algunos ejemplos, o las migraciones vinculadas al auge de la construcción, en tiempos de la burbuja urbanística y de manera permanente, las feminizadas y vinculadas al empleo del hogar y los cuidados. No, no es un fenómeno nuevo, y menos aún con un modelo de empleo que ha normalizado la temporalidad, y, en el caso de las mujeres, también la parcialidad. Tampoco lo es su vínculo con la precariedad laboral y con la pobreza económica y social.

 Entonces, ¿Qué nos asombra de la descripción que hace Jessica Bruder en este libro? Un libro que responde a un trabajo de seguimiento y documentación de más de 3 años y cuya adaptación cinematográfica, con algunas licencias, con el título “Nomadland”, película dirigida por Chloé Zhao y protagonizada por Frances McDormand ha conseguido distintos premios en el mismo país cuyas carencias en derechos laborales, sindicales y sociales quedan al descubierto. Claro que, según señala la propia Jessica Bruder en una entrevista, a pesar de que fue asesora de la misma, película y libro son “criaturas completamente distintas”.

 Quizá lo sorprendente sea el hecho de que este nomadismo laboral y su consiguiente precariedad laboral y vital ha alcanzado de lleno a las clases medias. Que haya personas que al final de su vida laboral, como es el caso de Linda May y otras, conocidas y descritas por Jessica Bruder, que se ven obligadas a encadenar empleos abusivos, parciales y temporales por supuesto, pero también mal pagados, y a recorrer el país en su busca, como forma de supervivencia económica. Empleos dirigidos a este nuevo grupo de workampers en la recolección agrícola, en el todopoderoso Amazon, en campings y parques forestales, en centros comerciales, casinos o correos… Que constatan, además, que sus salarios no alcanzan para cubrir sus necesidades básicas: vivienda, luz, agua, comida, medicinas, salud, pagar sus créditos, etc., y que prevén enormes dificultades para sobrevivir con lo mínimamente necesario cuando finalice su etapa laboral,  ante la falta de soportes suficientes en protección social y pensiones. Y que optan, en este difícil contexto, por “echarse a la carretera”, por hacer del nomadismo laboral su modo de vida, viviendo en autocaravanas, furgonetas o remolques, muchas veces sin agua, luz, baño, teniendo que recorrer adicionalmente bastantes kilómetros para darse una ducha o disponer de la luz gratuita de una farola pública.

 Porque, como señala esta periodista, “Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media” que pudieran pasar, dadas sus edades, por “despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados”. Como Linda May, mujer blanca de sesenta y cuatro años, cuyo periplo laboral Jessica Bruder ha seguido en las tres años anteriores, y que en sus muchas conversaciones le ha permitido conocer su vida, una vida de mujer trabajadora: “conductora de camión, camarera de bar, contratista de obras, propietaria de un negocio de instalación de suelos de parqué, ejecutiva en una empresa de seguros, empleada del servicio de atención telefónica de la Agencia Tributaria, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas, cuidadora de perros, limpiadora de perreras en el marco de un programa gubernamental de empleo para personas mayores, desplumadora de patos y codornices en un refugio e caza. También crió dos hijas, la mayor apreté del tiempo sola”. Sin contar otros empleos, ya pasados los sesenta, como camarera en el Casino, dependienta en una tienda de bricolaje o trabajadora de Amazon, hasta llegar al actual de “anfitriona”, es decir, responsable, administradora y limpiadora de un camping en un bosque alpino.

La tradición de vida en la carretera tiene su propia y poética resistencia, quizá una forma de hacer virtud de la necesidad. Supone salirse de las poderosas fauces del consumo, seleccionar bien los objetos imprescindibles, valorar la compañía, apostar por el intercambio, una mayor cercanía con la naturaleza. Una de las compañeras de Linda May, Silvianne, incluso ha compuesto su particular Himno de la furgoneta: “es como vivir en una lata gigantesca / sin pagar alquiler, sin normas, sin un hombre / sin estar atada a una parcela de terreno. / En verano disfruto del frescor de los bosques / paso los inviernos bajo el sol del desierto…”. Pero la realidad no es tan idílica: bajos salarios, horas extras no pagadas, despidos sin preaviso y sin indemnizaciones, sin protección ante temperaturas extremas, sin una vivienda acondicionada mínimamente, sin seguro médico. Un presente de trabajo duro, de sobreexplotación laboral, con la precariedad y la pobreza como únicos horizontes.

 Ésta es la historia de Linda May y de muchas otras personas. De muchas mujeres que a la precariedad laboral unen episodios de discriminación, brecha salarial, violencia machista. También, si miramos a nuestro alrededor encontramos muchas Lindas. Incluso podemos ser una de ellas. Alguien que solo aspira a vivir una vejez de forma autosuficiente, sin ser una carga para sus hijas, pero que carece que una red de protección social, apenas prevé una ínfima pensión con la que no es posible vivir, a pesar de haber trabajado duro todos los días de su vida joven y adulta.

 Si fuera posible añadir una Addenda a la obra de Jessica Bruder sería el recordatorio de que no se trata de problemas individuales cuya solución venga solo del abordaje individual, sino que los derechos económicos, laborales, de protección social de las personas trabajadoras, y aún de toda la ciudadanía en situación más desfavorable, se conquistan mediante la presión y la actuación articulada de una clase trabajadora unida y organizada. Y en esa ruta, el sindicalismo de clase es el motor más potente.



 RESEÑA DE: Jessica Bruder (2020). País nómada. Supervivientes del siglo XXI. Madrid. Capitán Swing. Traducción de Mireia Bofill Abelló. Publicada en la Revista C8M 10 (Julio 2021). Número completo de la Revista en la Web del Centro 8 de Marzo / Fundación 1º de Mayo de CCOO

 

sábado, 26 de enero de 2019

Feliz cumpleaños, Virginia Woolf


De cada lectura de Una habitación propia extraigo nuevos hallazgos. La obra que Virginia Woolf escribió en 1929 tomando como base unas conferencias que los colegios femeninos de las universidades de Cambridge, Girton y Newnham le solicitaron acerca del tema “Las mujeres y la novela”, y en la que se preguntaba por qué se encontraban tan pocas escritoras en la historia de la literatura inglesa, ya adelantaba algunas consideraciones acerca de la relación entre literatura y las condiciones de vida de las mujeres que hoy podríamos hacer extensivas a cualquier otro oficio de las mujeres, principalmente de orden creativo y cultural.
Esta obra nos sigue aportando ideas y reflexiones muy actuales sobre las desiguales condiciones de orden material económico y social entre mujeres y hombres en cuanto a acceso a recursos como la educación, la autonomía económica y el uso del tiempo, que obstaculizan el oficio de escritora, pero que podemos ampliar a las carreras profesionales de las mujeres. "La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres han sido pobres, no sólo durante doscientos años sino desde el principio de los tiempos", escribió.
Y relata también las barreras de orden simbólico e institucional que va detectando en su revisión de las bibliotecas y la narrativa británica, como la instauración hegemónica de un canon patriarcal, el déficit en el reconocimiento de las escritoras, que atañe a las mujeres en general y a la valoración social de sus capacidades y sus trabajos.

Y refiere también las diferentes estrategias de escritura, de mirar y contar el mundo, entre mujeres y hombres. Con gran acierto apuntó una estrategia que desde el androcentrismo cultural se ha naturalizado: la función especular con que se apuntalaban a los personajes femeninos en las obras literarias masculinas, canónicas. Mujeres ficticias cuyo devenir literario quedaba en general reducido a engrandecer a los personajes masculinos, algo que vemos repetido todavía hoy con demasiada también en otras creaciones culturales, desde los dibujos animados al cine. En ellas, las mujeres aparecen en las tramas como meras espectadoras de las hazañas de los héroes o como su recompensa. Virginia Woolf lo expresó de manera genial: “durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”.
Virginia constató, por ejemplo, la pobreza e inseguridad que afectaba de manera principal a las mujeres respecto a los hombres, junto a la pervivencia de la misoginia cultural, el control de su libertad y su sexualidad a través de la castidad y los impedimentos presentes en la vida cotidiana para que las mujeres pudiesen ganarse la vida de manera autónoma mediante ocupaciones cualificadas. Todo ello enmarcado en un patriarcado social y político.
El pasado viernes, 25 de enero, hizo 127 años del nacimiento de Virginia Woolf. Un motivo para volver a leer alguno de sus libros, que nos siguen inspirando.
Nos inspiran su vida, sus obras, sus personajes, sus reflexiones. Es una figura imprescindible en la genealogía feminista y le debemos mucho.
Sus reflexiones rebosan cualquier intento de sintetizar. Su posición antimilitarista, antipatriarcal, a favor de la autonomía y los derechos de las mujeres son la mejor muestra de que sigue siendo muy necesario leerla.
Supo visibilizar los obstáculos de las mujeres a través de una hermana imaginaria de Shakespeare, pongamos (decía) que se llama Judith, y supo presagiar la forma de que Las nuevas Judith cumplan sus sueños: “Yo sostengo que (la igualdad) vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aún en la pobreza y la oscuridad, merece la pena".

viernes, 3 de agosto de 2018

Sucedió en París, pero está ocurriendo a tu alrededor




"Nuestra historia empieza en mayo de 1957, en la ciudad de París". 

Quizá esta historia que así comienza nos alerte de que la violencia, esa fuerza contaminante, no se pierde o se acaba, sólo se transforma. 

Un músico francés que contrata a una refugiada como empleada de hogar. “Saffie es una criada excelente en todos los sentidos”. Y luego, boda, un hijo. Y luego, la vida sigue. ¿A quién le importa esa línea argumental del triángulo amoroso y el adulterio? No, eso no es lo que atrae desde su extrañeza en este relato de posguerra. 

Sorprende por la empatía con que se han construido los personajes, desde sus fortalezas y debilidades, y, fundamentalmente, por la voz narradora.

Una voz sutil, que enmarca la trama en el fondo histórico (la Francia de los años cincuenta, sesenta) y el acontecer de los personajes del triángulo enredado en el acontecer de los sucesos y cambios sociales de esos años. Y qué decir de la ironía con que se relatan los excesos totalitaristas, con el fondo histórico de la guerra de Argelia y las secuelas de la II Guerra Mundial,  la brutal represión, el exterminio del otro, el racismo entrelazado con la violencia del poder, el camino sin retorno de la desmemoria...

La enigmática Sophie o la desdibujada línea entre el paraíso y el infierno, y mochila híbrida de fragilidad y resistencia como forma de afrontar el patriarcal mundo de la guerra. El flautista Raphael o el precio del conformismo. El desamparo del héroe, el exiliado, el luthier húngaro, el que menciona el poder político de la música. Y el amado hijo de nadie. 

Podría decirse también que forma parte de una tradición literaria de literatura de exculpación ("Ah, sí. Todos somos todavía inocentes"), en la que se integra también, entre otros ejemplos, Almas grises, de Phillippe Claudel. Literatura que refleja (y legitima) también la tolerancia social hacia ciertas formas de violencia. De nuevo, un subtexto de violencia de género, oculta y normalizada, que explota cuando se dirige hacia los hijos como venganza por la independencia de la madre. Evidente desde la lectura feminista.

Y el final: “Lo único que tienes que hacer es levantar la vista: está ocurriendo a tu alrededor sin cesar”.

La huella del ángel, de Nancy Huston, Salamandra, 2009

Sobre límites e interrogantes: los libros en la obra escultórica de Alicia Martín

  Discernir sobre la utilidad del arte, si es que ha de tener alguna más allá de invitar a su contemplación y, a su través, abrir los sentid...