El padre de Christine Angot, tal como le refiere en El incesto (1999), no está muerto, pero está enfermo de Alzheimer, es decir, no es dueño ya de la memoria, del recuerdo, de sus capacidades intelectuales. No es un hombre corriente, ni permanecerá idealizado en la narración de la hija.
Es el padre que
triunfa, que posee, que sabe. Reúne la autoridad que proporcionan el estatus
académico, el atractivo personal y la competencia social. Y utilizará esa
autoridad de padre para modelar a su hija conforme a su deseo (en este caso, la
hija adolescente, ocultada ante su gente, la periférica a su otra familia, la que
ejerce de familia verdadera, convencional, conocida por la vecindad).
Angot rememora el
encuentro con el padre, a quien conoce cuando tiene catorce años, cuando la
reconoce legalmente (obligado por la “ley de afiliación de 1972”) y le aporta
su apellido, marcándola a los ojos de la ley (pero no aún a los de su otra
familia) como hija suya. Un padre cuyo atractivo “superaba sus expectativas” de
adolescente. Al abuso sexual basado en la autoridad que sufre a manos del
“padre ideal”, junto al desafecto, a la humillación, a la postergación
familiar, atribuye Christine su amenaza de locura: “Pero
es así como me volví loca. Estoy segura, por eso me volví loca. Es la causa. En
ocho días pasé del padre ideal, y hasta más que ideal, inesperado, como yo ni
imaginaba que pudiera existir, y era mi padre... “.
A pesar de su
determinación actual de contar “toda la verdad” sobre su relación con él, se le
hace muy difícil la confesión sobre el abuso sexual, porque se trata de un
sufrimiento perdurable, instalado en su personalidad, que durante mucho tiempo
ha callado, reprimido, ocultado: “No se lo dije a nadie. A nadie. Nadie lo
sabía.”. Es un sufrimiento añadido al dolor por la conciencia de hacer algo
prohibido, no debido; pero también porque es su padre (el ideal, la cultura, la
autoridad) quien le inicia y manipula.
La represión y el
silencio pueden prefigurar locura, según Christine, por eso ella elige la
escritura salvadora. La humillación y los abusos paternos están aún presentes
en Christine, pero la escritura permite la relegación final al pasado: ella
puede recordar, y escribir, puede nombrar; en cierto modo, tiene finalmente el
poder (el lenguaje, la escritura, es poder): “Tomar
el poder, estar encima. Y ahora lo tengo. Él ha perdido la cabeza, el
Alzheimer. Yo he dominado el incesto. El poder, el pene sádico, de todo eso hay
gracias a la pluma que tengo en la mano, seguramente, esencialmente”.
¿Un deseo de venganza? Porque la hija y el padre son personas conocidas, famosas, forman parte de la Francia culta, moderna. Se avecina un escándalo, y la intención señalada en el texto por Christine Angot no es hacer un libro de testimonios pero tampoco rehuir la verdad; la desnudez psicológica es la característica esencial de sus libros. Ella que además de escritora es el personaje principal de sus obras responde anticipadamente a esta cuestión que pueden plantearse familiares, público y crítica desde el mismo texto: se trata de reconocerse a sí misma, reconociéndole: “No, ni odio, ni amor, ni indiferencia, es mi padre, ni perdón, ni indiferencia, ni amor, sino reconocimiento, por supuesto. Eso es, sí, reconocimiento. Él no me reconoció pero yo lo reconozco a él. Es mi padre y lo reconozco. Reconozco que es mi padre. Es mi padre incestuoso, lo reconozco. Yo soy su hija incestuosa, lo reconozco, él no me reconoció, pero yo lo reconozco”.
Christine Angot no
pretende conscientemente la condena moral hacia su padre, sino que en este relato esta
revelación forma parte crucial del proceso auto-indagatorio que plasma en su
escritura: “No pretendo acusarlo. Los monstruos sólo existen en los cuentos.
No pretendo ni acusarlo ni excusarlo. No importa más que una cosa, la marca. Y
él me marcó.”. Clara manifestación práctica, existencial, del orden
simbólico del padre. La omnipotencia, la autoridad del padre, que se manifiesta
jerárquicamente, y que se explica por su poder cultural (el padre de Angot,
eminente lingüista, es el hombre “culto” por excelencia).
Es el padre
propietario, que la ha marcado como propiedad suya, estableciéndose en el
origen del deseo (sexual, pero también del deseo de ser, el referente), hasta
reconocerse en él: “Nos parecíamos. Cada uno de nosotros se reconocía en un
espejo en el que el reflejo se había formado a distancia. Increíble.”
Pero en la hija
adulta, en la escritora, el reconocimiento sólo provoca ya rechazo. El amo (el
dios, el padre, el propietario) utilizó al esclavo (a ella, a la hija), pero
ahora, la hija adolescente es escritora, tiene el poder de nombrar el mundo, de
darle un sentido personal, subjetivo.
El esclavo se rebela
ante el amo (símil que utiliza en el sentido que le otorgó Lacan, matizará)
incluso ahondará utilizando otro símil que comporta un grado más de
degradación, a los ojos del mundo, por la degradación sexual de la que fue
objeto: el perro (“Yo era un perro, buscaba amo. Y sigo siendo un perro que
busca amo.”. Está en plena crisis, de nuevo, escribir es su terapia, contar
al mundo cómo se siente y por qué: “Es terrible ser perro”, es la frase
final.


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